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[…] suficiente. Notas que el dragón duerme continuamente para quemar menos alimento y decides hacer lo mismo, pero cada vez que cierras los ojos ves la cabeza de Hank cuyos ojos te miran fijamente. No sabes ya cuanto tiempo llevas ahí, horas, días y la comida, se está acabando. Un día te despiertas, te armas de valor y sales de tu escondite. El tobillo ya no te duele aunque lo tienes muy hinchado. Andas cautelosamente, procurando hacer el menos ruido posible, aunque cada paso te retumba enormemente. Llegas a la parte en la que se encuentra el dragón pero él no está y lo que encuentras es aún peor. En lo alto de la cueva ves colgados los mutilados cuerpos de tus amigos que le sirven de ali­mento. No puedes evitarlo y la impresión más el hedor de esa zona te hace vomitar y vuelves rápida­mente a tu refugio. No tienes donde elegir. Ya se te han acabado los víveres y el agua. O intentas huir de allí o te enfrentas a la bestia. En el tiempo que has estado te has fabricado una rudimentaria lanza que agarras y te encaminas al interior de la zona oscura. La suerte no está de tu lado y te vuelves a encontrar el portón cerrado. Maldi­ciendo te alejas de allí, pero te paras. El por­tón se está abriendo y por él entra el dragón.


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