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La caverna está silenciosa, muy silenciosa, pe­ro en la lejanía se escucha un pequeño murmullo, un arroyuelo subterráneo. La oscuridad reina aquí y hace un calor bochornoso que os cansa más y más, paso a paso. Os encontráis con un obstáculo: un río bastante caudaloso y no hay troncos que talar y realizar una balsa con ellos. No podéis hacer nada, a no ser…, a no ser que utilicéis el bastón de hielo.

-Pero, ¿cómo vamos a congelar todo el río? -pre­gunta Hank.

-Todo el río no -contestas-. Sólo una pequeña franja para que podamos cruzar.

Así lo hicisteis, con bastante peligro de resbalones aunque al final ninguno os caéis, ¡qué pena! Pasados unos minutos veis como un gran portón os tapa el camino. Se os ocurre utilizar la llave que os dio el anciano, la metéis en la cerradura pero, no se abre, así que sacáis James y tú el hacha y la espada mágicas y la echáis abajo a base de gol­pes. ¡El dragón! ¡Está delante de vosotros! Lanza su larga cola pero aunque la esquiváis, la tremen­da onda de choque os barre por completo. Os levan­táis del suelo y empuñáis vuestras armas contra él: Hank, con el bastón de hielo; James, con su hacha; […]


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