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Rápidamente se echan sobre vosotros y después de apresaros, os conducen hasta unas mazmorras. La celda es pequeña, fría y oscura. Os sujetan unas cadenas de hierro enganchadas a la pared que os cogen de las muñecas. Os han quitado los macu­tos, pero han pasado por alto una pequeña piqueta que llevas encima. Con ella puedes romper aquel oxidado y débil metal. Empezáis a dar golpes para hacer ruido y atraer al carcelero. De pronto se abre la puerta y James estando detrás de ella golpea al ser que la ha abierto dejándole sin senti­do. Salís de la mazmorra al exterior esquivando a los guardias. Os descubren pero ya es demasiado tarde, al estar atravesando ya la muralla.


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