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En la profundidad de tus pensamientos oyes un débil quejido. Te encaminas hacia allí con mucha cautela y ves un cuerpo arrastrándose por el suelo. Te aproximas y… “¡Kara!”. La recoges del suelo y en brazos la llevas a los restos del campamento. Un viento gélido comienza a correr y la proteges con trozos de los sacos de dormir. Buscas en tu mochila, que también está intacta, un pequeño boti­quín que llevabas y le vas curando los cortes que tiene en las piernas y brazos.

-Albert, ¿qué ha pasado?

-No lo sé, Kara… No lo sé…

-Lo último que recuerdo es un fuerte viento que nos arrastraba. Yo conseguí agarrarme a unas raí­ces que había en el suelo, pero algo me golpeó y me desmayé.

-¿Y qué les ha pasado a los demás?

-Creo, que fueron llevados por el viento.

Permanecéis allí un tiempo, mientras Kara se recupera. Dos días después os ponéis de nuevo en marcha. Encontráis fuentes naturales y árboles fruta­les, con lo que el problema del alimento se solu­ciona. Te fabricas un arco y varias flechas y aprendes a usarlo.


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