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Avanzáis a través de la oscura y aterradora cueva sin más medios que palpando para poder guiaros en este lugar tenebroso. Vuestros pies van pisando barro y frecuentemente estáis a punto de resbalaros. Vuestra orientación se va perdiendo. Después de unos minutos de ya no diferenciar delante y de­trás distinguís una mínima claridad y un débil murmullo. Seguís caminando hacia esa luz esperanzado­ra y observáis que proviene de unas antorchas en­cendidas colgadas en las paredes de la cueva que indican que alguien las ha encendido hace poco. Continuáis adelante y veis que se os abren dos caminos: el del frente que está cortado por un río de lava imposible de superar y una pequeña cueva excavada en la roca a vuestra izquierda. Sin dudarlo seguís por el agujero que de nuevo se ha vuelto oscuro y es necesario palpar. A medida que vais avanzando del sofocante calor de la lava se pasa a un intenso frío que descubres que proviene de un gigantesco muro helado que bloquea el camino. Sólo podéis atravesarlo utilizando la espada y el hacha mágicas, pero ¿os podéis arriesgar a que ocurra un derrumbamiento? Cuando ya os dais la vuelta y os ponéis rumbo a la salida descubrís que el punto donde estáis en la unión de dos caminos.


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